La tristeza es un cántaro con sed un cincel en busca de una piedra un adagio en silencio de cuerdas una lágrima que se quiebra en el vitral de un iris
Un tiempo detenido en el umbral de un segundo un aposento donde no ingresa el hilo de un cometa la certeza de que no fuimos lo suficientemente espléndidos como para atrapar entre nuestros dedos el tejido laborioso de la alegría
La tristeza es el diario trajinar por una ciudad desvanecida y sus rostros arremolinados en un enjambre de adioses
Es la grieta de un expaís que se abre sobre una tierra a la que le han expropiado sus aguas sus vientos sus aromas y que transcurre a la inversa de la luz en busca de algún consuelo inexistente
La tristeza es esta quietud que como una prisión nos roba el sentido del vuelo y la percepción de un camino que aún desanda verdes en sus noches acuáticas
Es advertir que ya no resuena en las noches el canto de la espiga que se desgrana hasta hacerse pan en manos del arquitecto de los sueños que sigue aguardando otros tiempos
Es ese cerrar las pupilas al tableteo incesante de aceros que se incrustan cada madrugada en el paladar de los niños que aún no han desvalijado el sabor de una dulcería y es acallar en el silencio los ruidos metálicos de las verjas que nos contienen
La tristeza es esta orfandad de ilusiones en medio de rostros a los que ya no les cabe tanta muerte como les han depositado los días sin flor a lo largo de los pasos que ya no tienen risa ni en la risa
La tristeza es una mano que no se cierra sobre otra sino que vuela solitaria desde el pecho hasta un horizonte inalcanzable con un sabor a alambradas de peces en un río sin agua y es este madero arrancado de cuajo del árbol de la vida para levantarle fronteras a las esperanzas de volver a ser constructores de amaneceres sortilegios y porvenires
Y sin embargo de esta tristeza allanada por los desarmadores de rieles y caminos tendrá que erguirse un sismo horizontal que dé un paso sin anclas sin suelas claveteadas en la piedra de un solo cauce para derramarse
como una centella sobre estos tiempos obscuros hasta que se enciendan los faroles en los párpados de los niños sembradores de futuro
Si el beso que inventé hecho de anís y pomarrosas no se hizo río de azúcares de qué sirvió que fuéramos pasajeros alados asombrados transeúntes de la vida si el racimo de azahares que junté no se hizo estación infinita de primavera de qué sirvió que nos creyéramos floricultores de los días si la ofrenda que entregué hecha de confitura de duraznos no se hizo torrente de alegría de qué sirvió que fuéramos leñadores en el territorio de los frutos más dulces si el amor que derramé a manos llenas no contuvo los anhelos ni abrió las compuertas de ritos de agua y colibrí de qué sirvió que fuéramos centinelas de la tristeza estremecidos capitanes de la esperanza eso que fuimos sin embargo y lo que seguiremos siendo hasta el día en que el manto de luceros que tejemos se vuelva mortaja y envoltura tal vez sirva para regar sobre la tierra una semilla de amor que crecerá mañana cuando florezcan en todos los rostros las rosas encendidas de los enamorados vendavales del cielo
No soy más que un cántaro que siempre se rebosa y salpica todo a su alrededor y del cual a veces salta la magia de unos ojos que no nos miran sólo por mirarnos.
Apenas un transeúnte que cuando descubro, en medio de estos tiempos obscuros, un resquicio de alegría, un caminito de flor, un territorio alado, allí me asiento a celebrar la vida.
Y entonces recojo hojitas secas, me detengo en los aguaceritos, monto en el lomo de las hormigas, cabalgo en las alas de las mariposas, para ir reuniendo tesoros que ofrendar a mi paso.
Una carta bordada con hebras, un papel teñido de atardecer, un bajel de nubes, una sonata para cello, la mágica cantata de las chicharras, una flor que aterriza en medio de una copa, o que se esconde debajo de una almohada. La canción de un pájaro que reconoce mi voz.
Me cuelo entre las rendijas de las ventanas, tomo por asalto los dinteles, los solares, las claraboyas, soy capaz de arremolinarme en el hemisferio izquierdo de un párpado sin que nadie lo note. O quedarme en silencio por siglos adherida a un cristal que resguarda una sonrisa.
Soy persistente. Me la paso inventando excusas y argumentos para quedarme, aún cuando ya debería haberme ido. No conozco las medidas del tiempo. Lo doblo o extiendo a mi antojo, a veces sin advertir que lo voy anegando todo.
Me inmiscuyo en cada cauce que encuentro, enrolando cántaros a mi paso, con la efímera ilusión de construir un país de agua. Claro, la mayor parte del tiempo resido en los albergues de la sequía, horadando en silencio en busca de un agujero por donde vuelva a manar una diminuta gota de rocío.
En esos tiempos, que son los más, como los pinguinos, los salmones y los osos polares, vivo de la primavera que escondo en mis más recónditos bolsillos. Y de allí extraigo todo género de utensilios para hacer rituales.
Y cuando se produce el deshielo y el agua vuelve a fluir de regreso a los ríos, y de los ríos a las corolas, y de las corolas a la neblina, la vasija de barro de la que estoy hecha, comienza de nuevo a desbordarse como el maíz de la mazorca tierna, y a derramarse como una risa fresca sobre los atriles de una partitura para un solo de laúd.
El instante luminoso de la alegría sigue siendo un destello azul que nace del agua y que luego se convierte en grieta de una tierra ajada o en los pliegues de los rostros que tienen sed.
Y es allí cuando brota la necesidad de volver los pasos sobre un horizonte que alcance el regazo del agua, que nos devuelva las faenas del río, que nos atempere en las honduras de un océano que aún no hurgamos.
Es hora de juntar los cántaros, de llenar las vasijas, de dar de beber a ese acantilado largo y extendido que se ha ido llevando todas las risas, hasta que conjugue su alegría sobre cada costado herido, cada tiempo inerme, cada mirada vulnerable, y construyamos de una vez por todas el país de agua que soñamos y la sonata en apergio de amor de siempre, que convoque la altura libertaria de nuestros suspiros.
Y la media luna se prendió de sus ojos como si una noche gigante se hubiese posado sobre ellos para que relumbrara como nunca en el lucerito de las nubes viajeras
¿Qué es una carta? Es el espejo de una risa, el balaustro que sostiene la ilusión. El envés de una nostalgia. La palabra que no decimos que se cuela intacta en un tintero vacío. El desembarcadero donde los peces dejan sus rumores de agua a los habitantes del aire.
Una carta es un adagio escrito sobre un tumulto de silencios. Y el papel que la contiene es a veces un bajel de velas blancas, un cesto de frutos dulces, un cielo extendido y gigante o a veces sólo el escondite donde se refugia el suspiro que se quedó inmóvil atrapado en un campanario.
Nunca sabemos en qué va a convertirse hasta que comenzamos a verter en ellas palabras, que a veces son diminutas melodías desmenuzadas que buscan en el papel dibujar su propio pentagrama. A veces son gotas pequeñitas de un agua salobre que nace de la profundidad de los mares que se agitan en los párpados. A veces están hechas de sequías, hojas secas, tallos quebrados.
En el papel se asientan, reorganizan, desordenan y buscan sembrarse o bailar, o aquietarse o esgrimir una razón de peso, como esa de convertirse en un beso leve como el paso de una mariposa sobre las aterciopeladas vestiduras de una flor.
Una carta es tal vez la más frugal de las alacenas y la que más asombro resguarda entre sus pliegues. ¿Qué no cabe en una carta? Cabe todo lo que el amor pueda poner en ella. Y el desamor. A veces son recipientes para mecer la ausencia en un viaje imaginario que nunca concluye. A veces es una vasija llena de sed.
Otras tiene la fortaleza de un ancla porque sabe que no debe desprenderse de quien la escribe porque se ha vuelto frágil su envergadura y podría quebrarse con cualquier brisa. Cada carta se llena de las aromerías de a quien va dirigida. Aunque no lo sepa el receptor, si es que llega a partir la carta hacia esos puertos.
Una carta es como una bandada de versos que no necesitan organizarse en métrica alguna, y que en nada teme a los preceptos gramaticales, porque en la libertad de su vuelo, todo está permitido, hasta la ruptura con los tiempos y las conjugaciones. No tiene que darle cuenta a compostura alguna, porque sólo los dedos que la inventan manejan el cordel que las construye.
Es un guijarro que rueda leve sobre un camino en descenso, sin prisa por detenerse. Es un ala de mariposa llena de embusterías en busca de una flor o un remanso de agua. Una carta es el vitral de un rubor que se diluye entre las letras, tiñendo los papeles de violeta y naranja.
Una carta es un mandarinar de donde brotan gajitos que dan de comer a los pájaros, a los transeúntes, a los acorazados del cielo. Aunque a veces se contrae hasta hacerse una nube que sueña tempestades, tan sólo para mojar todos los campos del planeta.
Así se mira a sí misma una carta. Con poderes extraordinarios, como una suerte de talismán que guarda encantamientos que sólo se ponen a funcionar cuando quien la abre deja ir todas las esporas que le nacieron en su travesía hacia otros dedos fugaces y móviles.
En una carta cabe el universo entero y aún le sobra espacio para darle cobijo a la risa del niño que se detiene frente a ella para preguntar por las móviles figuras que juegan a verse en el espejo de sus ojos.
La carta lleva en sí misma el misterio de la vida. Si no llega a su destino, acampa en cualquier lugar hasta disolverse en el aire que la mueve. Convierte sus palabras en brisa, en viento, en torbellino, y va dejando sus mensajerías dondequiera que se pose. Si quien la recibe no logra ver en ella lo que no estaba dicho y la toma entre sus manos para arrugarla, ese papel al contacto con el agua, se vuelve pez o estrella de mar y sus palabras se visten de marinerías.
En verdad una carta no se puede destruir porque aquello de que está hecha son los estambres que recorren los engranajes de nuestra propia respiración, que quedan en el aire, aún después de todos los adioses.
Raúl Segnini nació un 27 de octubre y se fue un 01 de febrero de 1998 cabalgando en sus versos hacia un remanso de agua lunar. Y cada octubre lo festejamos, lo traemos a esta embusterías para que eche a navegar de nuevo su palabra oferente y enigmática, cargada de futuro, a pesar del tiempo de duras tristezas que le tocó vivir.
Es un poeta de un solo libro, publicado por insistencia nuestra, de los papeles que logró rescatar de viejos desvanes, gavetas enmohecidas y estanterías en desuso. Nunca se preocupó por publicar, pero su condición de poeta se sentía en todo lo que hacía. Escribió mucho y siempre. Sólo que los dejaba enraizados en papeles arrugados. Tal vez se los entregaba a un espacio que no era el nuestro a sabiendas que vivía un tiempo sin poesia y sin poetas, no como simples orfebres de la palabra, sino oficiantes de la vida.
Raúl era silencioso como su palabra que jamás tuvo estridencia alguna. Pero la hondura de sus versos, el contenido de su decir, aún guarda un misterio por descifrar, claves cuya lectura nos revelaría dimensiones de una humanidad que aún permanece tapiada por guerras, violencias y enfrentamientos inútiles. En él brotaba como agua fresca. Era lo natural y espontáneo. Y su paso material por esta vida tocó a todos quienes tuvimos el privilegio de conocerlo.
Más allá de esa esfera, ese su libro único, rescatado a la desmemoria, con suma dificultad, deja su testimonio mayor, su derroche verbal para asistir al hombre en la dura travesía de un vivir que hemos convertido en un morir.
Invitamos a leerlo, a adentrarse en sus cauces subterráneos, en sus encricujadas, en sus espirales, porque desde allí se piensa diferente la vida, se calibra distinta la existencia.
HAY TANTAS COSAS
Hay tantas cosas imposibles
envueltas con posibilidad-remota.
El hombre las tiene en su mirada
de lejana verdad
y las guarda misteriosas
en su cofre-afán para vivir de ellas.
Las cosas imposibles
se alimentan del aire.
Juegan con cabezas de cabellos dogmáticos
y salen galopando palabras
con motores orgánicos de inusitadas formas.
Dicen que de las cosas imposibles
se transpira esencia, existencia;
y también la verdad
como una forma única de origen funcional.
¿Pero la Vida?
Al alcance de una hebra
hundida en el cabello del aire.
Mas la existencia y la verdad
están al alcance del suelo
tropezando los dedos desnudos,
revolcándose en las esquinas del viento.
Y ahí, en ese mismo sitio,
están las cosas imposibles;
ahí, está la Vida misma;
la esencia misma del pensar naciente
y todas las cosas posibles
se tornan un jirón muerto
envueltos de posibilidad-remota.
Raúl Segnini, El otro silencio. Caracas, CPT-CEHA-UCV, 1996, p. 20.
Ella aliña los días como si fuese un manjar que las horas le regalan a los transeúntes Ella acomoda los atardeceres para que cada quien se pueda asomar al dorado de los copos de los árboles que ya no se ven desde sus aposentos
Ella cose parches con los hilos de su luz a la tristeza que ronda los rostros que habitan las esquinas de sus romerías
Ella adiestra las nubes para que las lloviznas no agobien las lágrimas que se anidan en los contenedores de las pupilas
Ella se extiende como un viento gigante sobre los tiempos de sequía sembrándole ciruelos a los solares en extinción
Su risa cuando ríe es un mar de oleajes encandilado por peces que vuelan como pájaros en busca de un bosque donde depositar sus trinos
Su nombre en diminutivo se lo obsequió su padre en un octubre de cosechas mientras julia amasaba un pan de horno cuyas aromerías se guindaban de las madrugadas como una enredadera
Ella no pregunta pero en su almacén de dulzura no hay respuesta que no escriba con sus dedos fraguados en las vasijas de las bendiciones
Ella es danielita simplemente un recinto de amores que se desbordan como corceles traviesos apresados en la larga trenza que recoge la numeración de su temple y la esencia de su entrega de azahares y peonías
el rizo que nace de la cascada de tu risa se ensortija en la pupila que atrapa las marinerías de un atardecer que tiñe de dorados los sueños de una madre encandilada de hijos
La inteligencia, ese atributo tan complejo y particular, que acompaña y distingue al hombre, tiene como función primordialhacernos humanos.
Un tiempo y una etapa a la que aún no hemos arribado. Y hacia dónde debemos dirigir todos nuestros esfuerzos, aportes y poder creador.
Triste sería que el hombre desapareciera de la faz de este planeta vulnerado, sin haber alcanzado la dimensión humana que le corresponde desarrollar y multiplicar.
A esa tarea esencial convocamos.
PALABRAS
La percepción de la vida como un milagro, es algo que no me gustaría perder, porque si perdemos esta percepción, la vida se hace oscura y monótona.
El niño que hay dentro de cada uno de nosotros es el que nos salva. Por más cansados y agobiados que estemos, cuando el niño se duerme, en lo último que piensa es en la mañana siguiente, y lo hace con ilusión.
Sin esta percepción del milagro que está por venir no puede haber una vida plena independientemente de la edad.
Vitali Shentalinski, poeta, escritor e historiador ruso
Alfonsina Storni
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Florerías
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LAS GOTAS DE ROCÍO DE TERENZIO FORMENTI
En 1998 comenzó Terenzio a publicar estas gotas diarias y a esparcirlas por el planeta, en la certidumbre de que algún día arroparán toda tristeza y disiparán las penas que le roban la risa a los niños.
Nosotros, desde nuestras Embusterías, también creemos en ese sueño y en ese propósito y traemos a Terenzio a estos recintos para que no se detenga nunca su cosecha de amor.
2986 - 18 de enero del 2008.
Forse la vera certezza è quella che nasce e cresce nelle praterie del mistero... e anche la poesia appartiene a queste certezze.
Quizás la verdadera certeza es aquélla que nace y crece en las praderas del misterio... y también la poesía pertenece a estas certezas. http://groups.yahoo.com/group/dewdrop/
APRENDER A LEER EL UNIVERSO EN LAS PUPILAS DE UN NIÑO
Desde estas Embusterías, desde El Pájaro Amarillo, La Rana Verde, El Hilo del Cometa y El Vuelo del Azulejo, estamos convencidos que las verdaderas imágenes que se dibujan en los celestiales del universo, con un solo click aparecen como en un carrousel en las pupilas de los niños. Sólo que hay saber hacer click y saber ver en el interior de esas pupilas.
Como a veces los grandes solemos andar muy ocupados en cosas serias, y por lo general inútiles para la vida, proponemos hacer el camino a la inversa. Tal vez desde estas imágenes astronómicas que reflejan cada día las gigantescas coordenadas sobre las que se sostiene el universo todo, podamos aprender a descubrir en ellas, las pupilas de los niños.
Las que están cerca de nosotros, las que están lejanas, las que no logran abrirse al diámetro de la vida, las que son ofuscadas de tanta tristeza, las que nunca han visto el mar, ni el color de los ojos de la madre. Las que ríen de asombro, las que se esparcen por el mundo tiñendo de alegría los planetas.
Tal vez allí comencemos de nuevo a leer el libro de la vida y a sembrar en nuestros ojos el porvenir, que ya está escrito en ellas. A ese extraordinario y simple ejercicio invitamos.
EN ESTE AÑO 2009 INICIAMOS UN NUEVO INTERVALO DE 25 AÑOS EN LA CÁTEDRA PÍO TAMAYO, CON NUESTROS ESFUERZOS Y EL DE QUIENES CONTINÚEN Y SIGAN ACOMPAÑANDO ESTA ACCIÓN FLORICULTORA, NECESARIA E IMPRESCINDIBLE EN ESTOS TIEMPOS SIN PIEDAD.
LA VIGENCIA DEL PENSAMIENTO PIOTAMAYISTA ES HOY MAYOR QUE NUNCA. SU ESCUELA DE IDEALIDAD AVANZADA AGUARDA ASENTARSE EN LA CONCIENCIA Y EL CORAZÓN DE UN COLECTIVO QUE DEBERÁ ORGANIZARSE PARA ENFRENTAR
VICTORIOSA Y PACÍFICAMENTE LA VIOLENCIA DESATADA Y LA DESTRUCCIÓN PERMANENTE QUE RIGE HOY ESTE EXPAÍS Y EL PLANETA EN SU CONJUNTO.